Historia 3
En pecado he sido formado
En pecado he sido formado
Samuel, sacerdote y líder de Israel, describió a David como un hombre conforme al corazón de Dios (1 Samuel 13:14; Hechos 13:22).
Pero un día, «al caer la tarde, se levantó David de su lecho y se paseaba sobre el terrado de la casa real, cuando vio a una mujer muy hermosa que se estaba bañando. Envió David a preguntar por aquella mujer, y le dijeron: “Aquella es Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías, el heteo”. Envió David mensajeros que la trajeran, y la tomó; cuando llegó, él durmió con ella. Luego ella se purificó de su inmundicia y regresó a su casa» (2 Samuel 11:2-4).
El pecado siempre, como una serpiente, se vuelve y muerde a quien lo acaricia. Sucedió que la mujer concibió y mandó a decir a David: «Estoy encinta» (2 Samuel 11:5).
Esta noticia puso a David en una situación vergonzosa y difícil; pero, en vez de detenerse, siguió el camino descendente y sinuoso de la mentira y la maldad.
«Entonces David envió a decir a Joab, su general: “Envíame a Urías, el heteo”. Y Joab envió a Urías a David. Cuando Urías llegó ante él, David le preguntó por la salud de Joab, por la salud del pueblo y por la marcha de la guerra. Después dijo David a Urías: “Desciende a tu casa y lava tus pies”» (2 Samuel 11:6-8).
Pero Urías rehusó ir a su casa mientras sus compañeros seguían expuestos a los peligros de la guerra, a pesar de que David trató por todos los medios de hacer que estuviera con su esposa para encubrir su pecado (2 Samuel 11:9-13).
Siendo así, David pensó más en sus intereses políticos que en hacer lo correcto. «A la mañana siguiente, escribió David una carta a Joab, la cual envió por mano de Urías. En ella decía: “Poned a Urías al frente, en lo más recio de la batalla, y alejaos de él, para que sea herido y muera”. Así, cuando Joab sitió la ciudad, puso a Urías en el lugar donde sabía que estaban los hombres más valientes. Salieron los de la ciudad y pelearon contra Joab; cayeron algunos del ejército de los siervos de David, y murió también Urías, el heteo» (2 Samuel 11:14-17).
Entonces Joab mandó a comunicar a David todos los asuntos de la guerra. Dio esta orden al mensajero: «Cuando acabes de contar al rey todos los asuntos de la guerra, si el rey comienza a enojarse y te dice: “¿Por qué os habéis acercado tanto a la ciudad para combatir?”, entonces tú le dirás: “También tu siervo Urías, el heteo, ha muerto”» (2 Samuel 11:18-21).
Cuando el mensajero informó a David de las bajas, mencionó a Urías como Joab le había encargado. David respondió: «Así dirás a Joab: “No tengas pesar por esto, porque la espada consume, ora a uno, ora a otro; refuerza tu ataque contra la ciudad, hasta que la rindas”. Y tú aliéntalo» (2 Samuel 11:22-25).
«Al oír la mujer de Urías que su marido Urías había muerto, hizo duelo por él. Pasado el luto, envió David por ella, la trajo a su casa y la hizo su mujer; ella le dio a luz un hijo. Pero esto que David había hecho fue desagradable ante los ojos de Jehová» (2 Samuel 11:26-27).
La conciencia de David lo molestaba, pero pensó que el asunto había quedado resuelto y que la horrible traición no pasaría a mayores. Hasta que un día vino el profeta Natán a verlo con un mensaje de Jehová.
Natán le contó una historia sobre un hombre rico, con mucho ganado, que tomó la única ovejita de un hombre pobre y la sirvió de comida a un visitante. David se indignó al escuchar la historia y cayó en su propia trampa. Dijo con ira: «¡Vive Jehová, que es digno de muerte el que tal hizo! Debe pagar cuatro veces el valor de la cordera, por haber hecho semejante cosa y no mostrar misericordia» (2 Samuel 12:1-6).
En ese momento, el profeta lo miró de frente, lo señaló y le dijo:
—Tú eres ese hombre (2 Samuel 12:7).
«Entonces dijo David a Natán: “Pequé contra Jehová”» (2 Samuel 12:13).
El mensaje directo de Jehová quebrantó su corazón, ya resentido, y lo llevó a la confesión y al arrepentimiento. En el Salmo 51 escribió, para testimonio ante todos: «En maldad he sido formado y en pecado me concibió mi madre» (Salmo 51:5).
Entonces le pidió a Dios: «¡Crea en mí, Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí! No me eches de delante de ti y no quites de mí tu santo espíritu» (Salmo 51:10-11).
Seguramente, como David, alguna vez te has preguntado: «¿Cómo pude haber hecho esto?».
«Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» Romanos 3:23
Todos, por naturaleza, somos pecadores; por eso, todos necesitamos salvación.
1. ¿Por qué David se enojó por la maldad ajena, pero no pudo discernir la suya propia?
5 Se encendió el furor de David violentamente contra aquel hombre, y dijo a Natán: —¡Vive Jehová, que es digno de muerte el que tal hizo! 6 Debe pagar cuatro veces el valor de la cordera, por haber hecho semejante cosa y no mostrar misericordia. 7 Entonces dijo Natán a David: —Tú eres ese hombre. 2 Samuel 12:5-7
2. ¿Es el corazón humano un buen consejero y guía?
9 »Engañoso es el corazón
más que todas las cosas, y perverso;
¿quién lo conocerá? Jeremias 17:9
3. ¿Cómo describe el apóstol Pablo su condición pecaminosa?
21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí, 22 pues según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; 23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros. Romanos 7:21-23
4. ¿Cuántos han pecado y cuál es su condición con Dios?
23 Por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios. Romanos 3:23
5. ¿Quién es la única esperanza del ser humano?
12 Y en ningún otro hay salvación, porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Hechos 4:12
Reconozco que, en mi condición natural pecaminosa, necesito salvación.
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