Historia 5
Necesito ver a Jesús
Necesito ver a Jesús
Jesús pasaba por la hermosa ciudad de Jericó camino a Jerusalén. Sus palmeras y jardines, regados por manantiales, daban vida al paisaje. Las calles se llenaban de viajeros que iban a la fiesta. Pero ese día había una emoción especial: ¡entre ellos venía Jesús, aquel que había resucitado a Lázaro!
La noticia despertó el interés de un hombre llamado Zaqueo, jefe de los cobradores de impuestos. Era rico, pero despreciado por sus compatriotas. Su oficio estaba asociado con la injusticia y la extorsión, y él sabía que había perjudicado a otros.
Sin embargo, detrás de su apariencia orgullosa había un corazón que deseaba cambiar. Había escuchado el llamado al arrepentimiento de Juan el Bautista. También había oído hablar de la bondad de Jesús hacia las personas rechazadas. Aquello encendió una esperanza: ¿sería posible comenzar de nuevo? Zaqueo ya había empezado a devolver lo que había cobrado injustamente.
Cuando supo que Jesús estaba entrando en Jericó, decidió ir a verlo.
Pero las calles estaban atestadas. Unos caminaban delante del Maestro y otros detrás. Entre las voces de bienvenida, todos querían acercarse. Zaqueo intentaba mirar por encima de las cabezas, pero era pequeño de estatura y nadie le daba lugar.
¿Qué podía hacer? ¿Darse por vencido?
Miró hacia adelante y vio un sicómoro cuyas ramas se extendían sobre el camino. ¡Jesús tendría que pasar por allí! Corrió y se subió al árbol. Desde las ramas buscaba entre el gentío el rostro de aquel que había despertado tanta esperanza en su corazón.
Entonces sucedió algo inesperado.
Jesús se detuvo debajo del árbol. Los que iban delante y detrás también hicieron alto. El Maestro levantó la mirada y le dijo:
—Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy es necesario que me hospede en tu casa. (Lucas 19:5)
¡Jesús le estaba hablando! ¡Y lo había llamado por su nombre! Conocía al hombre que todos despreciaban y quería hospedarse en su casa.
Zaqueo bajó apresuradamente y lo recibió con alegría. Había salido con el deseo de verlo, ¡y ahora lo recibiría como huésped!
Pero no todos compartían su felicidad. Al ver lo sucedido, comenzaron a murmurar: Jesús había entrado en casa de un pecador.
El desprecio de la gente contrastaba con el amor del Maestro. Profundamente conmovido, Zaqueo decidió expresar públicamente su arrepentimiento:
—Señor, la mitad de mis bienes doy a los pobres; y si en algo he defraudado a alguien, se lo devuelvo cuadruplicado. (Lucas 19:8)
Sus palabras mostraban una decisión concreta. Quería compartir lo que tenía y reparar el daño que había causado. El cambio que había comenzado en su corazón se manifestaba en sus acciones.
Jesús dijo entonces:
—Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido. (Lucas 19:9–10)
Aquel día, Zaqueo y su familia recibieron al Salvador y escucharon sus palabras de vida.
Tiempo antes, en casa de Mateo, cuando criticaron a Jesús por comer con publicanos y pecadores, él había dicho:
—Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores. (Marcos 2:17)
¡Cuánta esperanza hay en esas palabras! Todos hemos pecado. Todos necesitamos perdón y salvación. Y Jesús se acerca a nosotros con el mismo amor con que se acercó a Mateo y a Zaqueo.
“Hoy ha venido la salvación a esta casa, por cuanto él también es hijo de Abraham,
porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido”. Lucas 19:9, 10
Jesús te conoce y sabe tu nombre. Acepta hoy su oferta de salvación.