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Éste es el Cordero de Dios
Éste es el Cordero de Dios
1. El pecado separa al ser humano de su Creador.
“Mas vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar su rostro de vosotros, para no oír.” Isaías 59:2.
2. La consecuencia final del pecado es la muerte.
“Porque la paga del pecado es muerte: mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Romanos 6:23.
“Y la concupiscencia, después que ha concebido, pare el pecado: y el pecado, siendo cumplido, engendra muerte.” Santiago 1:15.
3. Dios ofreció a su único Hijo por nuestra salvación.
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” Juan 3:16.
“En esto consiste el amor: no que nosotros hayamos amado á Dios, sino que él nos amó á nosotros, y ha enviado á su Hijo en propiciación por nuestros pecados.” 1 Juan 4:10.
4. Jesús es el Mesías y Salvador prometido desde la caída de Adán y Eva.
“Y enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar.” Génesis 3:15.
“De la simiente de éste, Dios, conforme á la promesa, levantó á Jesús por Salvador á Israel.” Hechos 13:23.
5. Los sacrificios de animales por el pecado representaban el sacrificio que Jesús haría en la cruz.
“Porque la ley, teniendo la sombra de los bienes venideros, no la imagen misma de las cosas, nunca puede, por los mismos sacrificios que ofrecen continuamente cada año, hacer perfectos á los que se allegan.” Hebreos 10:1.
“Sabiendo que habéis sido rescatados de vuestra vana conversación, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro ó plata; sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.” 1 Pedro 1:18–19.
6. Jesús murió en la cruz por nuestros pecados.
“Mas él herido fué por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él; y por su llaga fuimos nosotros curados.” Isaías 53:5.
“El cual mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros siendo muertos á los pecados, vivamos á la justicia: por la herida del cual habéis sido sanados.” 1 Pedro 2:24.
7. Por la muerte de Jesús y su resurrección tenemos la esperanza de la vida eterna.
“Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos ha regenerado en esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos.” 1 Pedro 1:3.
“Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho. Porque por cuanto la muerte entró por un hombre, también por un hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adam todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados.” 1 Corintios 15:20–22.
8. El ser humano no puede salvarse a sí mismo.
“Porque por gracia sois salvos por la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios: no por obras, para que nadie se gloríe.” Efesios 2:8–9.
“No por obras de justicia que nosotros habíamos hecho, mas por su misericordia nos salvó, por el lavacro de la regeneración, y de la renovación del Espíritu Santo.” Tito 3:5.
9. Jesús es el único Salvador. No hay salvación en nada ni en nadie más.
“Y en ningún otro hay salud; porque no hay otro nombre debajo del cielo, dado á los hombres, en que podamos ser salvos.” Hechos 4:12.
“Y este es el testimonio: Que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida: el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida.” 1 Juan 5:11–12.
10. Jesús es el único mediador o puente entre Dios y la humanidad.
“Porque hay un Dios, asimismo un mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre; el cual se dió á sí mismo en precio del rescate por todos, para testimonio en sus tiempos.” 1 Timoteo 2:5–6.
“Por lo cual puede también salvar eternamente á los que por él se allegan á Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” Hebreos 7:25.Al
Al Crucificado
No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme ver tu cuerpo tan herido;
muévenme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.
No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
Anónimo